Por suerte, de Mompiche a Atacames se viaja en un solo micro directo.
Llegamos el Jueves Santo, así que la ciudad y la playa estaban repletas. Atacames es la parte de la costa a la que va la gente del norte de Ecuador y los colombianos del sur, y el feriado largo (nuestra idea era no estar en Semana Santa en la costa porque nos habían avisado) ayudó para que se llene. Además, la marea en este lugar sube y baja notoriamente, por lo que a la mañana hay una gran extensión de playa, y a la tarde el mar llega a la altura de las carpas, y toda la gente está amuchada. Sin embargo, es una linda playa.
Esa tarde, nos enteramos de la muerte del gran García Márquez. Una tristeza.
Hace unos años, cuando estuvimos en Colombia, fuimos a conocer su pueblo, Aracataca, y, gracias al guardia que se apiadó (los lunes está cerrada pero nos dejó pasar), su casa.
Cuando llegamos, un jipi de traje y sombrero de copa nos dijo: “Bienvenidos a Macondo”. Ese pueblo que tanto imaginamos, del que tanto leímos, se hacía realidad.
Para cualquiera que haya estudiado periodismo o haya intentado escribir un texto, en especial una crónica, Márquez es (o debería serlo) la guía por excelencia. Para cualquiera que guste de la literatura, Márquez es imprescindible.
A la noche, probamos los pinchos con salchicha, chorizo, carne y pollo, y lo más importante, sin arroz. Buena comida que, claramente, atenta contra la salud.
Al día siguiente, arrancamos temprano para aprovechar nuestro último destino de playa.
Esa mañana, la marea había bajado tanto que la mitad de la playa era una especie de barro. Nos alejamos del centro y encontramos un lugar más tranquilo (en el centro, durante todo el día, los bares pasan a gran volumen reggaetonto, bachata, cumbia, etc), así que estuvimos ahí un buen rato.
A la tarde, luego de muchas disquisiciones, decidimos hacer parapente. Acá, le llaman así aunque no es lo que nosotros conocemos con ese nombre, sino que te ponen un paracaídas atado a una lancha, y ésta te remonta, te lleva unos minutos a “volar” sobre el mar (hay un gran capítulo de Los Simpsons donde Homero lo hace con resultado no muy satisfactorio), y te baja en el agua. Gran experiencia.
Esa tarde, nos quedamos hasta última hora despidiéndonos de la playa. Después de tanto tiempo, se hace impensado vivir sin mar.
Al otro día, salimos para Quito.
“Good friends we have, good friends we have lost along the way. In this great future, you can't forget your past”
(“No Woman, No Cry”, de Bob Marley)
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jueves, 1 de mayo de 2014
jueves, 24 de abril de 2014
Montañita y la victoria de los cuyes
En el viaje a Montañita, nos pasó lo peor que puede pasar cuando ponen una película en el micro. Pusieron una que ya había visto ("60 segundos", tiene más años que Ecuador, así que, seguramente, la habíamos visto todos) y con volumen bajo (que no mejoró a pesar de mi pedido), con lo cual no la disfruté ni un poco pero tampoco la pude dejar de ver.
Llegamos a Montañita a la hora del atardecer y conseguimos, contra todo pronóstico, un hostel a buen precio.
Aprovechando el horario, nos fuimos a tomar mates a la playa con una especie de cañoncitos de dulce de leche, primeros indicios de la invasión argentina que impera sobre este pueblo.
A la noche, mientras cocinábamos unos fideos en el "comedor" del hostel, para ser más específicos, una mesa ubicada en un patio bastante descuidado, noté por el rabillo del ojo que una sombra pasaba rápidamente. Cuando miré, solo llegué a ver una cola larga.
Al rato, esa sombra se hizo presente con dos amigas más, una de las cuales se me quedó mirando, imagino que ambos (ella y yo) sintiendo que el otro estaba usurpando su lugar.
Los bautizamos cuyes para poder comer tranquilos (¿saben que los cuyes no tienen cola larga, no?), pero la batalla la ganaron ellos (bah ellas). Al otro día, cambiamos de hostel a uno un poco más caro ("Iguana"), y, como su nombre lo indica, rodeado de las mismas, pero mucho más cuidado y cómodo.
Ese día, aprovechamos para hacer playa, la primera (y única) en la que pasó un muchacho vendiendo churros rellenos (otro indicio de la invasión silenciosa).
Esa noche, fuimos a comer al centro, donde conseguimos empanadas (estilo argentino) e incluso, para convencernos de la alta presencia argentina, en el bar donde estábamos cantó uno de los barman de Hawaiian Love (ex Aloha), mítico bar de Villa Luro(r).
La noche debe ser uno de los puntos más fuertes y convocantes de Montañita. Si bien la playa está buena, sobre todo para los surfers, a la noche el pueblo se enciende. Está lleno de bares para todos los estilos (nosotros nos quedamos en uno que sonaban Los Redondos para no extrañar tanto) y puestos, en la calle y en la playa, vendiendo todo tipo de alcohol.
Del bar, nos fuimos a caminar por la calle principal y nos quedamos viendo una banda que mezcló en un mismo show "Redemption Song", himno de Marley, y "Pajaritos en el aire" (no es contra vos, autor de este tema, pero estás sonando mucho). Si Marley revive, los mea a todos los de la banda. Y lo tienen merecido.
Al otro día, salimos, supuestamente, a Los Frailes.
Los placeres te acortan la correa, y vos que te pensás un indomable.
¿Qué gracia tiene andar por esta sociedad jactándose de responsable?
("¿Dónde esconder tantas manos?", de Las Pastillas Del Abuelo)
Llegamos a Montañita a la hora del atardecer y conseguimos, contra todo pronóstico, un hostel a buen precio.
Aprovechando el horario, nos fuimos a tomar mates a la playa con una especie de cañoncitos de dulce de leche, primeros indicios de la invasión argentina que impera sobre este pueblo.
A la noche, mientras cocinábamos unos fideos en el "comedor" del hostel, para ser más específicos, una mesa ubicada en un patio bastante descuidado, noté por el rabillo del ojo que una sombra pasaba rápidamente. Cuando miré, solo llegué a ver una cola larga.
Al rato, esa sombra se hizo presente con dos amigas más, una de las cuales se me quedó mirando, imagino que ambos (ella y yo) sintiendo que el otro estaba usurpando su lugar.
Los bautizamos cuyes para poder comer tranquilos (¿saben que los cuyes no tienen cola larga, no?), pero la batalla la ganaron ellos (bah ellas). Al otro día, cambiamos de hostel a uno un poco más caro ("Iguana"), y, como su nombre lo indica, rodeado de las mismas, pero mucho más cuidado y cómodo.
Ese día, aprovechamos para hacer playa, la primera (y única) en la que pasó un muchacho vendiendo churros rellenos (otro indicio de la invasión silenciosa).
Esa noche, fuimos a comer al centro, donde conseguimos empanadas (estilo argentino) e incluso, para convencernos de la alta presencia argentina, en el bar donde estábamos cantó uno de los barman de Hawaiian Love (ex Aloha), mítico bar de Villa Luro(r).
La noche debe ser uno de los puntos más fuertes y convocantes de Montañita. Si bien la playa está buena, sobre todo para los surfers, a la noche el pueblo se enciende. Está lleno de bares para todos los estilos (nosotros nos quedamos en uno que sonaban Los Redondos para no extrañar tanto) y puestos, en la calle y en la playa, vendiendo todo tipo de alcohol.
Del bar, nos fuimos a caminar por la calle principal y nos quedamos viendo una banda que mezcló en un mismo show "Redemption Song", himno de Marley, y "Pajaritos en el aire" (no es contra vos, autor de este tema, pero estás sonando mucho). Si Marley revive, los mea a todos los de la banda. Y lo tienen merecido.
Al otro día, salimos, supuestamente, a Los Frailes.
Los placeres te acortan la correa, y vos que te pensás un indomable.
¿Qué gracia tiene andar por esta sociedad jactándose de responsable?
("¿Dónde esconder tantas manos?", de Las Pastillas Del Abuelo)
miércoles, 16 de abril de 2014
Máncora, la despedida de Perú
Conseguimos pasajes en el único (o uno de los pocos) micros que sale a la mañana para Máncora desde Chiclayo. En el viaje nos pasaron Takers, entretenida película de roba bancos, el segmento reggaetontero obligatorio de casi todos los micros en el que me di cuenta que en el hit "Pajaritos en el aire" riman aire con... aire (nobel de literatura para este pibe), y "Safe Haven", una nueva porquería llena de lugares comunes.
Llegamos a la tarde a Máncora y gracias a buscar hostel que tuviera tarjeta (somos jipis bien) caímos en uno en la playa, no tan caro y que incluía desayuno (no teníamos desde Potosí).
El dueño es un suizo, ex corredor de bolsa, que pateó el tablero, se divorció, dejó el laburo y se fue a Máncora.
Como despedida de Perú no podríamos haber elegido mejor destino. Máncora es, de las playas peruanas que conocimos, la más linda. Aguas claras, semi calidas y playas tranquilas (sobre todo porque no estábamos en la céntrica), atardeceres increíbles, y un cielo limpio por las noches.
Los días ahí fueron de puro relajo, acrecentado porque el hostel nos daba unas reposeras que se convirtieron en nuestro lugar en el mundo.
El desayuno era tan completo que nos servía de almuerzo. A decir verdad, nos llevábamos los panes que nos sobraban (debo admitir que un día nos llevamos dos que dejaron los de la mesa de al lado) sumado al huevo frito que nos daban, le agregábamos tomate y palta, y listo (puede ser que no volvamos tantos kilos abajo).
Lo más estresante era intentar dialogar en "inglés" con nuestros compañeros de hostel: un danés, una canadiense y un finlandés, que la única vez que no lo vimos tomando birra fue porque había comprado una botella de ron y coca (que nos convidó amablemente un día a las dos de la tarde).
Para que la despedida fuera completa, el último día cenamos un gran ceviche (parece que acá todavía no se definen con que v/b escribirlo. Incluso, hay lugares que se describen como "Cebicherias" y en la carta ponen ceviche).
Así, nos vamos de Perú, otro país hermoso que recorrimos, en el que conocimos lugares increíbles, gente de la mejor (nuestra incursión en couchsurfing ayudó), y comimos y bebimos muy bien (la cerveza es más barata que en Bolivia).
Ahora a Ecuador, último país de este viaje.
"Nada puede salir mal. Me quiero quedar mirando el mar. Ese mar, que no te pide nada más que una simple mirada. Ese mar, que te muestra que está ahí siempre cerca y con eso me alcanza. No existe el miedo, no tiene por donde entrar"
("Voy", de No Te Va Gustar)
Llegamos a la tarde a Máncora y gracias a buscar hostel que tuviera tarjeta (somos jipis bien) caímos en uno en la playa, no tan caro y que incluía desayuno (no teníamos desde Potosí).
El dueño es un suizo, ex corredor de bolsa, que pateó el tablero, se divorció, dejó el laburo y se fue a Máncora.
Como despedida de Perú no podríamos haber elegido mejor destino. Máncora es, de las playas peruanas que conocimos, la más linda. Aguas claras, semi calidas y playas tranquilas (sobre todo porque no estábamos en la céntrica), atardeceres increíbles, y un cielo limpio por las noches.
Los días ahí fueron de puro relajo, acrecentado porque el hostel nos daba unas reposeras que se convirtieron en nuestro lugar en el mundo.
El desayuno era tan completo que nos servía de almuerzo. A decir verdad, nos llevábamos los panes que nos sobraban (debo admitir que un día nos llevamos dos que dejaron los de la mesa de al lado) sumado al huevo frito que nos daban, le agregábamos tomate y palta, y listo (puede ser que no volvamos tantos kilos abajo).
Lo más estresante era intentar dialogar en "inglés" con nuestros compañeros de hostel: un danés, una canadiense y un finlandés, que la única vez que no lo vimos tomando birra fue porque había comprado una botella de ron y coca (que nos convidó amablemente un día a las dos de la tarde).
Para que la despedida fuera completa, el último día cenamos un gran ceviche (parece que acá todavía no se definen con que v/b escribirlo. Incluso, hay lugares que se describen como "Cebicherias" y en la carta ponen ceviche).
Así, nos vamos de Perú, otro país hermoso que recorrimos, en el que conocimos lugares increíbles, gente de la mejor (nuestra incursión en couchsurfing ayudó), y comimos y bebimos muy bien (la cerveza es más barata que en Bolivia).
Ahora a Ecuador, último país de este viaje.
"Nada puede salir mal. Me quiero quedar mirando el mar. Ese mar, que no te pide nada más que una simple mirada. Ese mar, que te muestra que está ahí siempre cerca y con eso me alcanza. No existe el miedo, no tiene por donde entrar"
("Voy", de No Te Va Gustar)
viernes, 11 de abril de 2014
Huanchaco y el hostel de los jipis
Ningún micro va directo a Huanchaco. Hay que pasar obligatoriamente por Trujillo. Así que de Lima nos fuimos para allá con Ittsa, buena empresa que imita el servicio de los aviones (presenta a la tripulación y las mochilas se retiran adentro de la terminal, no en la plataforma) aunque la comida deja mucho que desear. Llegamos a la madrugada y nos tomamos un colectivo de línea a Huanchaco, a hora pico y con todos nuestros bártulos, con lo que no nos ganamos el cariño de la gente.
En Huanchaco, íbamos a hacer Couchsurfing pero por un tema de comodidad decidimos quedarnos en un hostel frente a la playa (además era muy barato). Igual, estamos muy agradecidos con Armando, escritor y conductor de un programa de televisión regional, que nos abrió las puertas de su casa.
El primer día, alquilamos una sombrilla y reposeras, y nos la pasamos (la mayoría del tiempo durmiendo) en la playa.
Las playas de Huanchaco no son gran cosa. Su mayor encanto es para los que gusten del surf, ya que tienen muy buenas olas y, debido al frío del agua, el mar prácticamente para ellos.
El segundo día optamos por aprender "un cacho de cultura". A la mañana nos fuimos a Chan Chan, ciudad de los Chimú, civilización pre-inca, y dominada por los mismos, en la que se puede apreciar las estructuras y adornos arquitectónicos, pero todo demasiado retocado por los restauradores, al punto que parece a estrenar.
A la tarde, después de un almuerzo arriesgado en el Mercado Mayorista (sudado de pescado, rico pero arriesgado), nos fuimos a las Huacas del Sol y la Luna (en realidad se puede ver sólo la de la Luna), y su museo.
Ésta es un templo de la sociedad Moche (pre-Chimú y, por lo tanto, pre-Inca), y debido a su conservación (se encontraron tapadas de arena, como una especie de cerro, y todavía la mayor parte de la estructura está bajo tierra) y que no fueron restauradas sino reacondicionadas, se pueden ver las construcciones con sus formas y colores originales perfectamente conservados.
Una de las características de los Moche es que sus artesanos tenían estatus alto dentro de la sociedad. Posiblemente debido a esto, sus trabajos encontrados (ídolos, jarros, cuencos, etc) son los mejores que vimos hasta ahora.
En el hostel que parábamos, nuestro viaje, éste que les parece tan largo a algunos, era el más corto. Había cinco parejas: una de unos argentinos que piensan ir hasta Alaska en camioneta y piensan estar tres años de viaje (llevan siete meses); otros argentinos haciendo algo similar en jeep; un peruano y una argentina, con un pato (recientemente fallecido) como mascota, que están viajando hace años haciendo malabares; otros peruanos, estos con un ratón de mascota, que también viajaban haciendo malabares; y un peruano y una mexicana que se conocieron hace un año en Huanchaco, se fueron a Ecuador, Colombia y Venezuela, y ahora estaban viendo si iban a Brasil. ¿Nos habrán convencido de seguir? ¿Quién lo sabe?
Próximo destino: Chiclayo.
("Da para más que desear el confort teniendo un control,
no quiero terminar así. Caminar, sólo andar buscando lo que me hace bien, el lastre vamos a despedir. ¿Quién nos puede decir qué es lo correcto?, para salir del tedio destapa algún sueño")
("Cuando podrás amar", de Las Pelotas)
En Huanchaco, íbamos a hacer Couchsurfing pero por un tema de comodidad decidimos quedarnos en un hostel frente a la playa (además era muy barato). Igual, estamos muy agradecidos con Armando, escritor y conductor de un programa de televisión regional, que nos abrió las puertas de su casa.
El primer día, alquilamos una sombrilla y reposeras, y nos la pasamos (la mayoría del tiempo durmiendo) en la playa.
Las playas de Huanchaco no son gran cosa. Su mayor encanto es para los que gusten del surf, ya que tienen muy buenas olas y, debido al frío del agua, el mar prácticamente para ellos.
El segundo día optamos por aprender "un cacho de cultura". A la mañana nos fuimos a Chan Chan, ciudad de los Chimú, civilización pre-inca, y dominada por los mismos, en la que se puede apreciar las estructuras y adornos arquitectónicos, pero todo demasiado retocado por los restauradores, al punto que parece a estrenar.
A la tarde, después de un almuerzo arriesgado en el Mercado Mayorista (sudado de pescado, rico pero arriesgado), nos fuimos a las Huacas del Sol y la Luna (en realidad se puede ver sólo la de la Luna), y su museo.
Ésta es un templo de la sociedad Moche (pre-Chimú y, por lo tanto, pre-Inca), y debido a su conservación (se encontraron tapadas de arena, como una especie de cerro, y todavía la mayor parte de la estructura está bajo tierra) y que no fueron restauradas sino reacondicionadas, se pueden ver las construcciones con sus formas y colores originales perfectamente conservados.
Una de las características de los Moche es que sus artesanos tenían estatus alto dentro de la sociedad. Posiblemente debido a esto, sus trabajos encontrados (ídolos, jarros, cuencos, etc) son los mejores que vimos hasta ahora.
En el hostel que parábamos, nuestro viaje, éste que les parece tan largo a algunos, era el más corto. Había cinco parejas: una de unos argentinos que piensan ir hasta Alaska en camioneta y piensan estar tres años de viaje (llevan siete meses); otros argentinos haciendo algo similar en jeep; un peruano y una argentina, con un pato (recientemente fallecido) como mascota, que están viajando hace años haciendo malabares; otros peruanos, estos con un ratón de mascota, que también viajaban haciendo malabares; y un peruano y una mexicana que se conocieron hace un año en Huanchaco, se fueron a Ecuador, Colombia y Venezuela, y ahora estaban viendo si iban a Brasil. ¿Nos habrán convencido de seguir? ¿Quién lo sabe?
Próximo destino: Chiclayo.
("Da para más que desear el confort teniendo un control,
no quiero terminar así. Caminar, sólo andar buscando lo que me hace bien, el lastre vamos a despedir. ¿Quién nos puede decir qué es lo correcto?, para salir del tedio destapa algún sueño")
("Cuando podrás amar", de Las Pelotas)
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