La mayoría de las personas no conocen el momento exacto en el que enamoraron a sus parejas, ya que esto, comúnmente, se va dando en forma gradual. Pero yo sí lo sé. Igual, para que esto se entienda un poco mejor, necesito ir mucho más atrás.
Siempre tuve una relación especial con la música. Mi madre suele contar que de bebé, cuando me despertaba tiraba de la cuerda del móvil de mi cuna y me quedaba escuchando la música que salía. Así se enteraban de que me había despertado.
Por unos años, los recuerdos son borrosos pero se me viene alguno rockeando con "El Twist del Mono Liso" o en las primeras depresiones infantiles a través de la música con "Canción del Jardinero" (muchos años después Iván Noble lo grabó y lo hizo aún más depresivo).
El primer casete que me supe completo (y aún hoy recuerdo todos los temas) fue "El Cielo Puede Esperar", una gema de Attaque 77, y unos años después llegó Fito para cambiar todo para siempre ("para lo que fue y será").
En la Navidad del '94 el CD llegó a Saráchaga. Todavía recuerdo como mi viejo armó el equipo a escondidas mientras me mantenían entretenido ayudando a hacer la ensalada de frutas. Los dos primeros discos que me regalaron fueron "El Amor Después Del Amor" y "Let It Be" (aún conservo ambos). Podría estar hojas mencionando discos y artistas pero la historia desviaría su curso.
En esos años conocí a Sabina, que con sus letras me encandiló, y, como si fuera poco, un tiempo después se juntó con Fito para sacar un discazo y emprender una gira trunca que nos dejó con las ganas a varios. Pero ahí está el germen de esta historia, en Sabina.
La noche que conocí a La Patrona (ahora, más que nunca), a pesar de las incomodidades correspondientes a un boliche, hablamos de música un rato. Coincidimos en nuestros gustos por Los Redondos, Calamaro y The Beatles pero me confesó que Sabina no le gustaba mucho.
Luego de esa noche se dieron un par de encuentros hasta que un día le dije: "El viernes te voy a llevar a una salida sorpresa". Durante los días previos a ese viernes, ella quería más información al respecto pero yo, claramente, me negaba. Intentó hacerse una idea consultando entre amigos y conocidos y todos concluían que la sorpresa era llevarla a un telo, quizás basándose en mi imagen de veinteañero degenerado y en la de ella, de colegiala inocente. Finalmente, llegó el día y la salida fue ir a ver un tributo a Sabina (¡El inocente era yo al final!), tan denostado en estos días pero que, en esas épocas en que una isquemia cerebral lo mantenía alejado de los escenarios, era la única chance de ver sus canciones en vivo. Esa fue la noche que la enamoré (y también que la enamoró Sabina).
De ahí en adelante, su música fue una de las bandas sonoras de nuestra relación. Incluso, años después, llegamos a dormir en los alrededores del Gran Rex para conseguir entradas para su regreso tras la isquemia.
Por eso, cuando planeamos nuestra Luna de Miel, Madrid fue el primer lugar elegido. Mucha gente nos decía: "Tres días en Madrid es mucho", pero para nosotros poder caminar por los lugares de los que tanto habíamos escuchado cantar era especial. Y ahora, después de conocerlos, lo confirmo: Madrid es especial.
El punto cúlmine llegó el segundo día cuando, después de pasar por Tirso de Molina, Puerta del Sol, Gran Vía, entre otros hermosos lugares, llegamos a la Cibeles. Nos sentamos en el banco de una parada de colectivo frente a la fuente y en el celular puse "A la sombra de un león", la versión cantada junto a Ana Belén. Nos quedamos en silencio observando y escuchando el tema, y cuando miré a La Patrona le caían unas lágrimas. Ahí fue que una especie de círculo se cerró. Y lo más lindo de los círculos es que no tienen fin.
"Pero siempre hay un sueño que despierta en Madrid" ("Yo me bajo en Atocha", de Joaquín Sabina)
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